
por Pablo Rego | En la sociedad moderna, la percepción del tiempo que rige nuestra existencia se asienta sobre una estructura lineal y rígida. Esta arquitectura de doce meses, que hoy parece inamovible, representa en términos históricos una imposición deliberada que nos alejó de nuestra esencia. Al explorar el significado del martes 13, solemos encontrarnos con un estigma de temor heredado; sin embargo, este mito de infortunio oculta una de las transformaciones más profundas de la conciencia humana: el paso de una vida sintonizada con los ciclos naturales a una existencia gobernada por la conveniencia administrativa y el control político.
El Origen del 13: La Armonía con los
Ciclos Lunares
Originalmente, el número 13 no representaba el caos
ni la desgracia. Por el contrario, simbolizaba la culminación de un ciclo
completo de la naturaleza. Durante milenios, las culturas ancestrales —desde
los astrónomos mayas hasta los antiguos pueblos nórdicos— comprendieron una
verdad biológica fundamental: el año solar no se divide orgánicamente en doce
partes, sino en trece lunaciones
de veintiocho días cada una.
Este calendario de trece lunas era el compás que marcaba la
siembra, la cosecha y los ritmos biológicos humanos. Al mantener 13 meses de 28
días, se obtenía un total de 364 días, más un "día fuera del tiempo"
dedicado a la purificación y el arte. Esta métrica establecía una armonía
perfecta entre el cosmos y la biología, permitiendo que la psique humana
fluyera en sincronía con las mareas y los estados de la tierra.
La Ruptura Histórica: De Julio César
al Papa Gregorio XIII
La demonización del trece y la
ruptura con el ritmo lunar no
fue un evento accidental. Fue un proceso de erosión cultural diseñado para
centralizar el poder. El primer gran quiebre institucional ocurrió en el año 46
a.C., cuando Julio César
impuso el calendario juliano.
Al instaurar un sistema de doce meses solares para facilitar el control
administrativo del Imperio Romano, se comenzó a desarticular la relación
intrínseca entre el tiempo humano y el ciclo de la luna.
Esta herida en la percepción del
tiempo se profundizó siglos más tarde con la consolidación del dogma medieval.
La estructura eclesiástica comenzó a asociar el número trece y los ciclos
lunares con prácticas paganas y saberes proscritos. Finalmente, el cierre
definitivo de esta estructura ocurrió en el año 1582. El Papa Gregorio XIII, mediante la
bula Inter gravissimas,
perfeccionó la métrica solar estricta que habitamos hoy: el calendario gregoriano.
La
Persecución de la "Cultura del Trece" y lo Femenino
Es fundamental entender que la reforma gregoriana no fue
un acto aislado. Se desplegó en el mismo periodo histórico en que la caza de brujas alcanzaba su
máxima violencia. La imposición del calendario solar funcionó como un marco
legal y teológico para perseguir a quienes custodiaban la sabiduría ancestral.
Las mujeres que seguían los ritmos de la luna para la sanación, la partería y la agricultura fueron tildadas de heréticas. Su conocimiento recordaba un orden natural que la jerarquía papal necesitaba erradicar para establecer su hegemonía. Al demonizar el trece, se demonizó la conexión directa con la naturaleza y la autonomía de la intuición femenina. La Luna, con su naturaleza cambiante y cíclica, fue relegada al ámbito de lo oscuro, mientras que el trece se convirtió en la marca de "lo maldito" para justificar la eliminación de un saber que no se sometía al control institucional.
Consecuencias del Tiempo Artificial
en la Psique Moderna
Esta modificación no fue solo un
cambio de nombres en un pergamino; fue una intervención quirúrgica en la psique colectiva. Al adoptar un
sistema de meses desiguales (algunos de 30 días, otros de 31 o 28), el ser
humano moderno comenzó a vivir en un tiempo artificial. Esta construcción mental ignora
la sabiduría de los sedimentos de la tierra y el flujo de las mareas internas.
Observar la historia del martes trece implica desenterrar
los motivos de este desplazamiento forzado:
1. El Martes: Regido por la energía de Marte, representa el ímpetu, la voluntad
de acción y el vigor del inicio.
2. El Trece: Representa la plenitud del ciclo lunar y la regeneración.
Cuando la fuerza de Marte se
encuentra con la potencia del trece, surge una oportunidad de transformación radical. La
estructura impuesta de 12 meses buscaba previsibilidad y orden tributario,
creando un marco donde el tiempo se percibe como "cajas cerradas" de
productividad, alejándonos de la espiral natural del ser.
Recuperando la Conciencia Circular y
el Orden Sagrado
En el proceso de adoptar la
linealidad, perdimos la noción del movimiento circular. Este movimiento es el que
permite que la conciencia regrese al origen, pero con un nivel de comprensión
más elevado. El miedo al martes 13 es, en esencia, el miedo a lo que no puede
ser medido por la lógica lineal de una estructura que prioriza la rigidez sobre
la fluidez de la experiencia.
Recuperar el sentido de este día
significa permitir que el cauce de nuestra propia naturaleza se reconozca en el
ciclo cósmico original. Al
liberar al trece de sus estigmas, abrimos paso a una espiritualidad que no teme
a lo femenino ni a lo instintivo. Comprendemos que la verdadera trascendencia
ocurre a través de las leyes rítmicas de la materia y no a pesar de ellas.
Somos Seres Rítmicos en un Universo
Cíclico
Somos seres rítmicos habitando un
cuerpo que todavía recuerda el lenguaje de las lunas. Es una memoria celular que no ha podido
ser borrada por los decretos institucionales ni por los siglos de
condicionamiento social. El regreso a la visión de las 13 lunas es el retorno
al centro, al punto donde la acción se rinde ante la plenitud del ciclo.
Cuestionar las estructuras
heredadas nos permite redescubrir que el tiempo es un tejido vivo. Al integrar
el pasado y honrar los ritmos naturales, reclamamos nuestra pertenencia a un
orden sagrado donde la conciencia se despliega infinita. El tiempo no es una
mercancía que poseemos, sino el flujo libre hacia la unidad del ser.
©Pablo Rego







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