19 jul. 2016

La intensidad de la sesión de Yoga.

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por Pablo Rego | La práctica es la manera de experimentar y progresar. De manera natural, con el correr de las sesiones y el  aumento del foco y la consciencia, la transformación llega al practicante. Pero hay un factor que impulsa al crecimiento en todas las áreas y es salir poco a poco de la zona de confort.

Cuando comenzamos a realizar una actividad se nos presenta una serie de desafíos lógicos que surgen de incorporar a los hechos de nuestra vida nuevas acciones que modifican nuestros estados, nuestras experiencias y la realidad concreta que transitamos.

Introducirse en la práctica de Yoga es una manera de plantearle a nuestro Ser la posibilidad de transitar nuevas experiencias y sensaciones. Naturalmente esta práctica va cambiando la relación que tenemos con nuestro cuerpo y nos va llevando paulatinamente a cambiar la manera en la que nos percibimos y percibimos el entorno.

Pero hay una dimensión en la que podemos quedar atrapados que es la de adaptar el Yoga a nuestra comodidad. Nunca se trata de forzar más allá de nuestras posibilidades, a nosotros mismos ni a los demás. Pero sí, es importante tener presente que el Yoga es una fuente de la que puede beberse hasta el infinito y siempre tendrá un pequeño gran desafío nuevo con el que podremos contar para seguir creciendo.

Concentración de energía para evolucionar en la práctica.

Sobre todo en los primeros meses de práctica, luego de la fascinación inicial experimentada por el descubrimiento de dimensiones tan reconfortantes como la relajación física y mental, o el alivio del dolor físico, en muchas ocasiones aparece una especie de contraataque de la mente que, luego de haberse visto desactivada por las sesiones de Yoga, comienza a crear nuevos conceptos utilizando las nuevas experiencias, llevándonos a la idea de querer repetir sólo lo que nos hizo sentir bien en un comienzo y evitar cualquier esfuerzo.

Por ello es importante tener presente que la sesión de Yoga debe tener una intensidad, podríamos decir, mayor a cero. Lo que no quiere decir un esfuerzo imposible ni fuera del alcance de quien practica, sino más bien, tener en cuenta que para progresar es importante buscar el límite del esfuerzo, reconocerlo, llegar hasta él concentrando nuestra energía y no como un desafío, para trascenderlo cuando sea el momento correcto.

No existe el progreso sin un mínimo de compromiso, sin la voluntad de trascender los malos hábitos o el abandono de los pasos que Yoga nos plantea desde su gran sabiduría. Y muchas veces ese es el principal desafío y el gran aprendizaje. La reestructuración de la actitud que tenemos hacia las tareas que realizamos en pos de nuestra salud física, mental y espiritual.

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El ritmo del progreso.

Si practicamos por nuestra cuenta tendremos que tener en cuenta las sensaciones del cuerpo, las emociones durante la práctica, el ritmo del corazón y la respiración. Si todo ello se percibe en armonía, si nunca llegamos a perder el control, entonces un milímetro más en un estiramiento, un segundo más en una postura de fuerza serán suficientes para progresar. Si el cuerpo me lo permite quizá sea mayor el umbral de exigencia, pero si llegamos al límite del dolor o de la agitación, deberemos regular la intensidad.

En una sesión guiada, el instructor o profesor de Yoga debe ser, también en este caso, una referencia al equilibrio. Cada individuo tiene su propio ritmo y tiempos, pero bien conducidos todos, podrán sincronizarse en unos tiempos y alternativas que permitan buscar la justa exigencia para cada practicante.

Aquellos entusiastas que por juventud o por falta de consciencia de sus limitaciones, aquellos que tienen una mentalidad de esfuerzos exagerados, que tienden a ser extremistas y poco tolerantes con su propio cuerpo (y muchas veces con el resto del mundo), pueden caer en la tentación de realizar una práctica demasiado intensa que pueda ir más allá de sus propios límites, terminando por lesionarse y perdiendo el ritmo del progreso armonioso que propone el Yoga.

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Lo que más cuesta es lo que más hay que practicar.

Quien tiene dificultad para activarse y esforzarse, deberá ser paciente y mantener la práctica con voluntad. Quién suele llevarse todo por delante e ir demasiado deprisa, deberá dejarse llevar por una cadencia menos intensa, y ese será un gran aprendizaje.

El estilo del Yoga practicado en una sesión puede ser más o menos exigente, pero nunca debe ser demasiado para quien practica, ni por exceso ni por defecto. Tanto el guía como quien busca desarrollarse en la práctica deben soltar el orgullo o las limitaciones, tanto para decidir incorporarse a un grupo como para autorizar su incorporación.

En el caso de aquellos temerarios que quieren avanzar a pasos agigantados, es preferible darse un momento a la reflexión que lamentar una lesión. En el caso de quienes tienen dificultades físicas o problemas de constancia con las actividades del cuerpo es preferible atreverse a experimentar que entregarse al miedo o a la pereza.

En todos los casos una sesión de Yoga bien estructurada deberá dar a cada uno lo que necesita, siempre en un clima de tolerancia y contención. El Yoga concibe el esfuerzo como un elemento más para conocer los propios límites que serán superados siempre mediante un clima de bienestar y alegría y nunca desde la competencia o el egoísmo.

©Pablo Rego
Profesor de Yoga
Masajista-Terapeuta integral
Diplomado en Medicina Ayurveda de India

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